El club Ateneo

By maistro

La sesión cultural en el Club Ateneo (fundado en 1900) comienza con la lectura del Orden del Día. El evento tiene lugar en la casa del presidente de la Mesa Directiva cuyos miembros se han sentado a lo largo de la mesa del comedor. En esa mesa comen o cenan los días festivos y los fines de semana. Para estas ocasiones la cubren con un mantel verde que también sirve para jugar al póquer o a la canasta. Las cartas de la baraja se deslizan sobre la superficie afelpada como si las estuviera repartiendo un auténtico croupier en Las Vegas, donde nadie jamás ha estado.

La baraja, las fichas y la libretita con los puntajes de partidas añejas y deudas reconocidas con sendas rúbricas, están en el cajón izquierdo de un mueble largo y que ahora sostiene las fuentes rebosantes de papas fritas, chicharrones, palomitas de microondas sabor chedar cheese, cacahuetes japoneses y vasos de plástico para los que deseen servirse agua de jamaica. Las bebidas alcohólicas aparecerán una vez terminada la sesión solemne.

Ella, ahora reportera de la flamante sección cultural del periódico, llega a la sala de juntas del Club Ateneo. Llega tarde, taconeando nerviosa y enfundada en un vestido de una sola pieza, escote de escándalo y abertura que deja al descubierto el muslo de la pierna izquierda. Discute con el marido a punta de susurros y aspavientos. Le increpa que sigue con el nudo de la corbata hecho un desastre, que no se ha peinado y que es evidente que está aburrido y cansado… Ella luce esbelta y de buena figura -sus “bien cuidados cuarenta”, perfumada hasta vaya uno a saber dónde y dueña de una coquetería que cuando las demás asistentes la ven, cruzan miradas hasta que la más regordeta, que dormita en una de las últimas sillas dispuestas para la ocasión, mueve su colosal figura para poner un dedo sobre sus labios y pedir silencio: ¡shit!

La lectura del Orden del Día continúa con su solemne monotonía: en quince días conmemorarán un aniversario más del luctuoso y sensible fallecimiento del gran vate local… ¿cuál es su nombre? Alguien se empecinó en imprimir el discurso con letra muy pequeñita para que cupiera en menos hojas. Piensa que así ahorra tinta y papel. De todos modos, cuando el presidente de la mesa directiva consigue decir de quién se trata, Ella, la ahora reportera, no reconoce el nombre del poeta y comenta con su marido: “debe ser famoso en este pueblo nada más”.

Cuarentaicinco minutos más tarde Ella ha perdido la noción del tiempo. Su marido se ha unido a los dormitantes. De vez en cuando le da un ligero e inútil codazo. Y cuando Ella cree que también caerá víctima de la modorra, se da cuenta de que alguien la mira. Un hombre sentado a un extremo de la Mesa Directiva y que se pone de pie sin despegarle el ojo para proclamar a viva voz y con una estupenda sonrisa: “se ha cerrado la sesión. Ahora sí, que comience la fiesta”.

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