El autor desconocido hurga en un ropero. Es un mueble pesado. El único recuerdo de sus abuelos y de una casa hacienda que nunca conoció. Al interior de ese ropero guarda posturas políticas y actitudes principistas. Y cuando se siente que flota en el sinsentido usa su traje de pingüino… corbatita de lazo negra… saco negro con solapas brillantes… pantalones negros… zapatos negros bien lustrados… camisa blanca con cuello blanco… se peina para atrás y así, hecho un punto y coma, camina para verse al espejo y proclamar en voz alta: ¡CREO EN LA BELLEZA!
Dicho esto el autor desconocido guarda un silencio respetuoso… casi sepulcral.
Al cabo de lo que se demora en fumar un cigarro imaginario comienza a desvestirse y, ya desnudo, vuelve a observar su imagen en el espejo y dice: “eso de ahí es la medida de todas las cosas”. Es él mismo. Y para sostenerse afirma con más fuerza: ¡¡CREO EN LA BELLEZA!!
El autor desconocido tiene ideales. Observa sus imperfecciones por aquí y por allá… le resulta evidente que no es una estatua griega ni un monolito andino ni una cabeza olmeca ni que sus contornos están dibujados con el trazo de la tinta china… y mucho menos que posee la majestuosidad de una pirámide de Egipto.
El autor desconocido lee y relee a Platón y ríe con algunas ocurrencias de Sócrates.
Cuando quiere recordar su infancia recurre a las historias de los dioses del Olimpo. Siempre le parecieron más interesantes que Caperucita roja y el lobo feroz.
Con los muñequitos de Playmóbil y Lego escenificó la Iliada y la Odisea. El mito tenía que repertirse y eso nunca lo entendieron sus hermanos ni sus primos que, aburridos, pugnaron por jugar una historia distinta y así, poco a poco, lo fueron dejaron solo.
Etiquetas: Add new tag, arte, clásico, cultura, entretenimiento, relato