Praga es una ciudad para perderse en sus callejuelas que amenazan ser callejones sin salida, contemplar esas torres que se agarran del cielo con sus puntas y deleitarse con las curvas doradas y hojas plateadas que decoran las fachadas de sus edificios públicos. Toda ella cuenta historias. Desde la leyenda del Gólem (el homúnculo) hasta el restaurante donde puedes saborear una deliciosa pechuga de pato imaginándote que el fantasma de Franz Kafka comparte tu mesa y platica sobre espiritismo con Alan Kardec, quien está sentado al lado tuyo, por supuesto.
Toda esta ciudad es un souvenir que nos dejó el pasado. Quizá por eso distrae. Es difícil mantener una línea recta o establecer un destino. Uno avanza boquiabierto y sin saber por qué está tomándose un café frente a un letrero que anuncia las funciones del Teatro Negro de Praga, que recuerdo por los programas de televisión donde unos títeres jugueteaban por los aires mientras Liberace sonreía al piano. Los primeros años de la televisión.
Quizá por eso el último día de mi estancia vino a mi mente la tumba de Franz Kafka. Y tuve pánico. No tuve que explicarle mi situación a M. Corrió conmigo de un lado al otro de la ciudad e interpretó junto conmigo “la muerte de Kafka” ante una estupefacta audiencia que abandonaba sus oficinas con el objetivo de volver a sus casas.
Conseguimos que un barrendero nos indicara qué ómnibus tomar y en qué dirección. Y cuando llegamos al cementerio el portero cerró las puertas de acceso. No le importaron mis gritos ni aspavientos: casi aplastó mi nariz. Tampoco le importaron mis súplicas: “las puertas se cierran a las cinco” debió decir: su dedo señalaba su reloj en señal de sentencia. Y cuando ya estaba dando la media vuelta, nos dijo un secreto: cinco arcos hacia la izquierda, hay otra puerta. También estaba cerrada y no pensaba abrirla. Pero desde la reja se podía ver la tumba de Kafka.
M tomó las fotos. Observo, a través del enrejado, la piedra que indica que debajo de ella yacen los huesos de este escritor. Inalcanzable.
Y ahora no encuentro las fotos.
Etiquetas: kafka, kafkiano, literatura, Praga, turismo