Encantos

By maistro

Llegan a este calor infernal. Un sitio donde hierven piratas y quimeras; donde las fiestas no burbujean champán y las conversaciones no se detienen ante el nuevo perfume del embajador. La playa no es como la pintan y… por eso creen que están en el lugar equivocado.

El plan es un paraíso y no esta ciudad que gotea sudores y jadeos. Pensaron que los recibirían con los brazos abiertos y no con esas miradas suspicaces y largos silencios sin salida. Se sienten promiscuos en la estrechez de aquella habitación minúscula que les asignaron y miserables cuando se enteran lo que él va a ganar. El miedo… el miedo lo siente ella cuando pregunta: “¿Y qué carajos voy a hacer en este lugar de mierda?” Y él no sabe qué contestar y sale hacia la universidad, a dar su primera clase. Ella, sentada al borde de una cama desordenada, desnuda y con las piernas abiertas siente la profunda necesidad de volver a fumar.

Fuma delante del rector, del secretario de Educación y del líder sindical. Fuma en la calle y en su habitación. Fuma entre comidas y también cuando, sudorosa e insatisfecha, anuncia que va a buscar trabajo porque así -esto- no va a funcionar.

Y busca y busca hasta que alguien por fin se anima a encenderle el cigarrillo con el que sus dedos juguetean. La llama la enciende el editor de un periódico local: “así que usted es la esposa del nuevo profesor” y antes de decirle que la acepta como redactora en la flamante sección cultural de los domingos, enciende su propio cigarro para decir a modo de encabezado: “esta ciudad tiene sus encantos”.

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