
Hay un video que cuestiona un dogma de fe posmoderno: que nuestras emisiones de CO2 contribuyen dramáticamente al calentamiento global. Al parecer existen otras teorías al respecto y, entre ellas, una que coloca como principal culpable al sol. Pero como al astro rey no lo podemos manipular, mejor nos quedamos en la Tierra.
La versión de los realizadores de este video es que todo este asunto del calentamiento global “por culpa del ser humano” es una muy efectiva propaganda encaminada a encumbrar un discurso político de moda, mismo que beneficia con grandes cantidades de dinero a todos sus adherentes (sobre todo a las ONGs y activistas de la misma estofa) y a los científicos que avalen el tema (los políticos y donantes ya están sensibilizados). Como lo hemos visto hace poco, este tema acaba de ser consagrado con un premio Nobel con lo cual va a recibir más dinero aún. Se trata, pues, de un discurso muy atractivo pero, según estos detractores, entre ellos muchos otros científicos, es muy irresponsable.
No sé quién tenga la razón. En ambos bandos de esta polémica hay científicos que sacan a relucir cifras, correlaciones, grafiquitas y verdades irrefutables. Sin embargo, creo que todos ellos se olvidan que el auténtico espíritu de la ciencia es la duda… o la “docta ignorancia”, para mencionar a Maffesolli, quien la recuerda en Elogio de la razón sensible. Antes de convocar a las masas para que se adhieran a sus teorías (que sólo son eso, teorías), estos científicos deberían dejar de invocar al miedo (el mundo se va a acabar) y hablar de otras cosas más importantes.
Más allá de las calenturas de nuestro planeta, existe un hecho irrefutable: nuestro modo de vida no respeta a la naturaleza, y no creo necesario que nos inventemos una espada de damocles mediática para convocar a los seres humanos a la responsabilidad o hacia una sana convivencia con aquellos otros (animales y vegetales) que también habitan la Tierra. Quizá sea prudente hablar de los “pincipios precautorios” y debatirlos hasta el agotamiento (aunque de esta forma podemos fundar una nueva escolástica).
Para hablar únicamente de los seres humanos (al parecer los animales y las plantas no entienden “razones”), valdría enfatizar que ya es tiempo de que comprendamos que en este planeta convivimos diversas culturas, todas válidas y con los mismos derechos. Que no tenemos que someternos a un vertiginoso consumismo ni un desgastante afán productivo. Que podemos ser creativos: el tema del calentamiento global (por culpa de nosotros o del sol) no debería ser pretexto para condenar a diversos pueblos al uso de páneles solares. Quizá debería ser un buen pretexto para aprender de otras culturas, aquellas que hasta el día de hoy siguen practicando un sano diálogo con la naturaleza.
No creo que debamos tener una pesadilla apocalíptica para respetar nuestro hogar. Y si queremos que nuestras selvas y bosques sobrevivan unas cuantas generaciones más, habría que dialogar y negociar con los que habitan estos ecosistemas, y dejar de imponerles, de manera abusiva y prepotente, modos de vida acotados o desplazamientos que recuerdan a las reservaciones ordenadas por el virrey Toledo en el Perú, las que fundara el gobierno de Estados Unidos o aquellas que llevaron a la extinción a los pueblos de Tazmania (el otro día pasaron un documental buenísimo en el canal 22 al respecto del racismo en el mundo).
Como dice Michel Maffesolli en varios de sus textos, palabras como desarrollo y progreso también deberían pasar por una revisión. Y para esto habría que dialogar. Como me comentaba un líder indígena: “no sabemos dialogar con la naturaleza”. Yo le agregaría: “ni siquiera lo sabemos hacer entre nosotros”. Lo que hacemos muy bien es lanzarnos unos a otros propagandas y estrategias de convencimiento y si estas no funcionan, ya vemos qué hábiles somos tumbando torres, dejando caer bombas sobre los no conversos o, peor aún, creo que ya estamos en capacidad de provocar enfermedades y plagas.
Los seres humanos “desarrollados” o “progresistas” (alejados de la barbarie), han dado muestras de ser más terribles que los mismísimos bárbaros (lean, por favor, Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzee) o, como dice Maffesolli en Elogio de la razón sensible: “a la barbarie artesanal de los siglos anteriores le sucede la sofisticación de los medios que los adelantos tecnológicos y el desarrollo científico permiten”. Dice esto antes de preguntarse: “¿hay que ver en los diversos campos de concentración la expresión de un irracionalismo anacrónico, o la de un racionalismo que lleva hasta sus límites extremos sus facultades organizadoras?”
¿Qué tanto más somos capaces de “organizar” en nombre de cualquier cruzada? ¿Por qué en vez de “civilizar” no nos dedicamos a dialogar y conciliarnos con nuestro ser natural?
Mots-clefs : desarrollo, naturaleza, sustentabilidad, sustentable, calentamiento global, medio ambiente, contaminación, CO2, ecosistema
septembre 1, 2009 à 2:00 |
[...] existir un universo entero de tipologías a las que podemos definir como autistas, un patrón de comportamiento con bordes o límites difusos [...]