Civilización

By maistro

Los cables de las agencias noticiosas chisporrotearon frenéticos: “Descubren en Perú templo de 4,000 años de antigüedad“, “Descubren en Chiclayo un santuario religioso de 4.000 años de antigüedad“, “Hallan en Perú una pintura mural que consideran la más antigua de América“, “El templo más antiguo de América“, “Descubren templo y un mural de unos 4,000 años de antigüedad“…

En resumidas cuentas, los arqueólogos comenzaron a limpiar Ventarrón, un sitio arqueológico, de esos que abundan en la costa norte peruana, y han descubierto un templo y sus respectivos murales cuya construcción se remonta a unos cuatro mil años en el pasado. Se trataría, pues, de los restos de una cultura muy antigua…

Efectivamente. Desde que comenzó a disiparse la locura terrorista que había poseído a los peruanos, poco a poco los arqueólogos se sintieron más confiados y retomaron el trabajo de Julio C. Tello, Luis G. Lumbreras, Manuel González Prada: reconocernos en nuestra histórica originalidad y, por ende, diversidad.

Walter Alva fue el primer beneficiado de esta nueva ola. La fortuna lo puso en el camino de unos “huaqueros” (personas que extraen piezas valiosas de las huacas, nombre con el que se conoce a los sitios arqueológicos peruanos) y se encontró con “El señor de Sipán“. Por esa misma época, Izumi Shimada estaba desenterrando a la cultura Lambayeque, o Sicán; y Thor Heyerdhal andaba descubriendo murales en el gran complejo piramidal de Túcume. Todo en la costa norte peruana. Poco tiempo después los arqueólogos se encontraron con otros murales en “El Brujo”, Trujillo, y mientras Walter Alva seguía desenterrando jerarcas mochicas (algunas mujeres, por cierto), Ruth Shady alborotó nuevamente el cotarro: los datos indicaban que la Ciudad Sagrada de Caral, a medio camino entre Trujillo y Lima, era la más antigua de América.

La costa norte peruana se ha convertido, qué duda cabe, en el punto de partida.

Hasta el día de hoy podemos ver la supervivencia de una civilización milenaria que a lo largo del tiempo ha recibido diferentes nombres (Cupisnique, Chavín, Moche, Mochica, Chimú, Lambayeque, Sicán… por mencionar algunos). Cada mañana, cuando los pescadores se lanzan al mar sobre sus caballitos de totora (embarcaciones de junco entretejido), mantienen vivo un legado. Si bien ahora regresan con menos biodiversidad (la pesca de arrastre los está afectando), siguen convocando a una multitud de compradores… muchos años atrás, así podía comenzar una larga jornada, con la adquisión de pescado que luego se ponía a salar para que los comerciantes lo trasladaran hasta la sierra o la selva y lo intercambiaran, en su trayecto, por plumas, piedras preciosas, cerámicas y, lo que es más importante aún, ideas.

El caso de Caral es importante por eso mismo: los investigadores han caído en la cuenta de que el poder de esta ciudad se sostenía en un entramado comercial que surgía del contacto de diversos pueblos, diversas necesidades.

El otro ejemplo es el de los mochicas, que no constituyeron un Estado central sino un conjunto de “reinos” locales o quizá “ciudades estado”.

¿Un milenario contínuo cultural en la costa norte peruana? No es descabellado pensar en esto. Incluso los chimúes , que fueron conquistados por los incas poco antes de la llegada de los españoles, cultivaron esta herencia.

Recuerdo que mi infancia me la pasé junto al mar de Pimentel, a 12 kilómetros de Chiclayo. Al norte de este balneario duerme un conjunto piramidal que aún no se excava… así hay muchas huacas en el norte peruano, retazos de nuestro pasado aún por desenterrar: ¿qué más encontrarán los arqueólogos?

Sólo Dios sabe

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