Archivo de Noviembre 2007

Luciosos y pinturados

Noviembre 23, 2007

No he leído el libro. Dicen que se llama La cuarta espada y es de Santiago Roncagliolo, escritor peruano que hace pocos años obtuvo el premio Alfaguara de novela con su obra Abril Rojo.

Me muero de ganas de leer esta nueva entrega. No tanto por los pergaminos que traiga el autor bajo el brazo, sino por el tema: la violencia terrorista que se desató en el Perú en las décadas de los 80’s y 90’s. Sin embargo, vale decir que la novela que catapultó a Roncagliolo a la fama (si es que cabe esta expresión) fue una refrescante mirada sobre este problema: la muerte.

Entonces estoy mintiendo un poco: tengo confianza en lo que este escritor pueda decirme.

¿Luciosos y pinturados? Bueno, esta expresión se la debo a Eduardo Casar, maestro de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Surgió cuando leíamos las instrucciones en español de un sinfín de objetos. Estábamos deleitándonos con los absurdos que surgen cuando alguien que no domina (ni siquiera mastica) el español, se da a la tarea de escribir cómo funciona lo que vende. Así es que si deseábamos que las lucecitas de navidad Made in Corea se encendieran y apagaran “luciosas y pinturadas” estábamos obligados a darle una rigurosa lectura al manual.

El tema de las andanzas de Abimael Guzmán y sus seguidores, así como la incesante persecución que le hicieran las fuerzas armadas y policiales del Perú, y las pasiones que se desataron al respecto (sed de venganza, radicalización de la sociedad y demases), no es tan jocoso como la lectura de un manual coreano. Es más: hay que sacudirse ciertos rigores y lanzarle una mirada libre de prejuicios.

¿Logrará hacer esto Santiago Roncagliolo? Antes de lanzar el sanbenito de “sólo Dios sabe…”, vale la pena leer la entrevista que le hizo Ángel Páez, jefe de la unidad de investigación del periódico La República, del Perú, y que se titula: “Mi libro no es para los académicos”.

Hay que recordar una cosa. Abimael Guzmán, al igual que sus camaradas, fueron, en alguna medida, “académicos”. Estudiosos de la “realidad peruana”. Se apoyaron en una metodología para observarla y establecer los pasos a seguir para solucionar lo que ellos identificaron como sus problemas. Por otro lado, otra índole de académicos tomaron la palabra para definir qué era (o es) Sendero Luminoso e incluso leían y escuchaban a conciencia y con atención doctoral los escritos senderistas así como los programas radiofónicos y discursos que estos radicales lanzaban al aire; el objetivo de los estudiosos era “interpretar” el mensaje de estos fundamentalistas (¿se les puede llamar así?).

Recordemos, también, que los seguidores del marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento guía del presidente Gonzalo (senderismo, pues), creían fervientemente en el materialismo dialéctico histórico, con todo el peso “científico” y “objetivo” que este “conocimiento” pretendía (o quizá aún pretenda).

Por otro lado, durante toda la guerra -más de doce años- policías y militares realizaron labores de “inteligencia” y “contrainteligencia” para encontrar las claves objetivas que les permitieran desbaratar a este movimiento armado.

Finalmente, la población en general desarrolló métodos de supervivencia y conceptos “claros”, “categóricos” e “incuestionables” con respecto al conflicto y las conversaciones o los debates podían alborotarse hasta convertise en auténticos bullicios. No era extraño escuchar la expresión “deslíndate de Sendero” y luego de eso sentir los mil ojos del pueblo en agitada y amenazadora expectativa.

La entrevista que le hacen al autor es ilustradora. Cita tanto a un senderista como a un militar y uno no reconoce quién es quién. En aquella época (como ahora) ambos bandos mostraron lo peor de sí mismos en nombre del pueblo. Aún recuerdo al policía de un cuerpo de comandos (los Sinchi se entrenan en lucha contrasubversiva) que en el pueblo de Angasmarca, en Santiago de Chuco, a pocas semanas de haber expulsado a los senderistas, se puso a llorar escuchando Flor de Retama interpretada por Martina Portocarrero (todo un himno senderista según algunos). Luego del llanto, él y sus compañeros de armas me dijeron que se sentían estafados, peleando en una guerra donde el pueblo se enfrentaba al pueblo y donde los jefes de ambos bandos no sabían qué era caer en una emboscada o batirse a balazos en las alturas de los Andes, sin tener a dónde correr porque el oxígeno no llega a tu cerebro ni a tus piernas.

Fue un llanto que luego repitieron unos comuneros que, en ese mismo pueblo, ya hablaban de “dialéctica” para referirse al discurso. Su confusión, además, parecía provenir de una máquina del tiempo, y es que habían pasado años y años escondidos en las montañas para que Sendero Luminoso o los militares no se llevaran a sus hijos y los entrenaran en las artes de la guerra fraticida (¿acaso no todas las guerras son eso: fraticidas?).

¿Qué pasó en el Perú de los ochentas y noventas? Roncagliolo tiene razón: es necesario que sigamos discutiéndolo. Sobre todo nosotros, los que pertenecemos a esta generación que creció y se formó con esos perros colgados en el Centro de Lima, con las bombas, los apagones y la falta de agua; una generación que observó a los diversos fundamentalismos y absolutismos enfrentados para imponer sus verdades, miopes ante la evidencia de que la realidad se escribe desde diversas miradas o, lo que es peor, que la realidad, en sí, es muy ambigua y no admite verdades a rajatabla.

Si fuéramos griegos y los dioses existieran, estarían riéndose a mandíbula batiente, escuchando nuestras verdades como si se tratara de un instructivo de lucecitas navideñas Made in Corea. Vamos a ver, pues, qué propone SantiagoRoncagliolo, por lo pronto está la entrevista para irse dando una idea de cómo aborda el asunto.

Sólo una pregunta tonta: ¿seguirán riendo los dioses si dejamos de establecer verdades y nos reconocemos tan paradójicos y ambiguos como esta realidad de la que formamos parte y al mismo tiempo nos constituye?

Una afirmación incierta: quizá si reímos y flotamos por la vida llenos de ligereza, los dioses dejarán sus sonrisas y comenzarán a prestarnos atención…

Y al final una duda: la verdad es que…

Sólo Dios sabe

Incompleto

Noviembre 21, 2007

“La rabia de querer concluir”, es como Flaubert definía, según Maffesoli, la base del trabajo intelectual, característico de la tradición occidental. Se trata de este impulso que busca proponer un sentido definitivo de las cosas y de la gente: que pretende construir una categoría de verdad que, a final de cuentas y como ya sabemos, es una mera ilusión.

Michel Maffesoli, en Elogio de la razón sensible. Una visión intuitiva del mundo contemporáneo -allí por la página 150 en la primera edición realizada por Paidós en el año 1997-, rescata, sobre todo para el ámbito de lo social, un “método” erótico como contraposición (o complemento, quizá) a esta “ansiedad por la conclusión” en la que viven inmersos aquellos que se pretenden rigurosos. Se trata de un “método” que, como dice el sociólogo y pensador francés, “ama la vida y que intenta mostrar su fecundidad”. En vez de insistir con separar y aislar, contemplemos pues, boquiabiertos y extasiados, el funcionamiento de la totalidad.

El autor propone, o trae a colación, la búsqueda de una “nueva armonía” a la hora de aproximarnos o estudiar la realidad: aceptémosla. Disfrutemos la vida misma, este todo que es un conjunto orgánico de relaciones. Así podremos conocer, comprender y, por otro lado, acceder a un auténtico saber. Para esto, claro está, habría que reconocer el carácter incompleto -por decirlo de algún modo- de esta realidad, de esto concreto que, a final de cuentas sigue creciendo, desarrollándose (¿no sería más apropiado emplear el término “desplegándose”?) y de la cual formamos parte. Es decir que podemos despedirnos, con mesura claro está, de la pretenciosa “objetividad”.

En este sentido, más que demostrar o concluir, el observador tendría que mostrar, presentar y/o exponer… cosas como, por ejemplo, que la razón “rigurosa” ya no es suficiente y las afirmaciones que provengan de ella ya no deberían ser consideradas categóricas o verdaderas e incluso deberíamos. Finalmente, sus métodos y procedimientos quedan en duda. Si bien han “demostrado” su eficiencia en determinado ámbito y quehaceres (si lanzas una bomba atómica sobre una ciudad, ésta desaparece con todos sus habitantes), ésta se queda corta a la hora de enfrentarse a la dinámica y riqueza de la vida. No porque no pueda abarcarlo todo (que por cierto no lo puede hacer), sino porque lo complejo de la realidad radica en la composición de las relaciones y las cosas que integran este todo: la totalidad es mayor que la suma de sus partes.

¿Será que si 1 + 1 = 2x, donde “x” es ese “algo más”, entonces el entrecomillado puede ser infinitamente desconocido?

Sólo “Dios” sabe

Científicamente comprobado

Noviembre 16, 2007

Hay un video que cuestiona un dogma de fe posmoderno: que nuestras emisiones de CO2 contribuyen dramáticamente al calentamiento global. Al parecer existen otras teorías al respecto y, entre ellas, una que coloca como principal culpable al sol. Pero como al astro rey no lo podemos manipular, mejor nos quedamos en la Tierra.

La versión de los realizadores de este video es que todo este asunto del calentamiento global “por culpa del ser humano” es una muy efectiva propaganda encaminada a encumbrar un discurso político de moda, mismo que beneficia con grandes cantidades de dinero a todos sus adherentes (sobre todo a las ONGs y activistas de la misma estofa) y a los científicos que avalen el tema (los políticos y donantes ya están sensibilizados). Como lo hemos visto hace poco, este tema acaba de ser consagrado con un premio Nobel con lo cual va a recibir más dinero aún. Se trata, pues, de un discurso muy atractivo pero, según estos detractores, entre ellos muchos otros científicos, es muy irresponsable.

No sé quién tenga la razón. En ambos bandos de esta polémica hay científicos que sacan a relucir cifras, correlaciones, grafiquitas y verdades irrefutables. Sin embargo, creo que todos ellos se olvidan que el auténtico espíritu de la ciencia es la duda… o la “docta ignorancia”, para mencionar a Maffesolli, quien la recuerda en Elogio de la razón sensible. Antes de convocar a las masas para que se adhieran a sus teorías (que sólo son eso, teorías), estos científicos deberían dejar de invocar al miedo (el mundo se va a acabar) y hablar de otras cosas más importantes.

Más allá de las calenturas de nuestro planeta, existe un hecho irrefutable: nuestro modo de vida no respeta a la naturaleza, y no creo necesario que nos inventemos una espada de damocles mediática para convocar a los seres humanos a la responsabilidad o hacia una sana convivencia con aquellos otros (animales y vegetales) que también habitan la Tierra. Quizá sea prudente hablar de los “pincipios precautorios” y debatirlos hasta el agotamiento (aunque de esta forma podemos fundar una nueva escolástica).

Para hablar únicamente de los seres humanos (al parecer los animales y las plantas no entienden “razones”), valdría enfatizar que ya es tiempo de que comprendamos que en este planeta convivimos diversas culturas, todas válidas y con los mismos derechos. Que no tenemos que someternos a un vertiginoso consumismo ni un desgastante afán productivo. Que podemos ser creativos: el tema del calentamiento global (por culpa de nosotros o del sol) no debería ser pretexto para condenar a diversos pueblos al uso de páneles solares. Quizá debería ser un buen pretexto para aprender de otras culturas, aquellas que hasta el día de hoy siguen practicando un sano diálogo con la naturaleza.

No creo que debamos tener una pesadilla apocalíptica para respetar nuestro hogar. Y si queremos que nuestras selvas y bosques sobrevivan unas cuantas generaciones más, habría que dialogar y negociar con los que habitan estos ecosistemas, y dejar de imponerles, de manera abusiva y prepotente, modos de vida acotados o desplazamientos que recuerdan a las reservaciones ordenadas por el virrey Toledo en el Perú, las que fundara el gobierno de Estados Unidos o aquellas que llevaron a la extinción a los pueblos de Tazmania (el otro día pasaron un documental buenísimo en el canal 22 al respecto del racismo en el mundo).

Como dice Michel Maffesolli en varios de sus textos, palabras como desarrollo y progreso también deberían pasar por una revisión. Y para esto habría que dialogar. Como me comentaba un líder indígena: “no sabemos dialogar con la naturaleza”. Yo le agregaría: “ni siquiera lo sabemos hacer entre nosotros”. Lo que hacemos muy bien es lanzarnos unos a otros propagandas y estrategias de convencimiento y si estas no funcionan, ya vemos qué hábiles somos tumbando torres, dejando caer bombas sobre los no conversos o, peor aún, creo que ya estamos en capacidad de provocar enfermedades y plagas.

Los seres humanos “desarrollados” o “progresistas” (alejados de la barbarie), han dado muestras de ser más terribles que los mismísimos bárbaros (lean, por favor, Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzee) o, como dice Maffesolli en Elogio de la razón sensible: “a la barbarie artesanal de los siglos anteriores le sucede la sofisticación de los medios que los adelantos  tecnológicos y el desarrollo científico permiten”. Dice esto antes de preguntarse: “¿hay que ver en los diversos campos de concentración la expresión de un irracionalismo anacrónico, o la de un racionalismo que lleva hasta sus límites extremos sus facultades organizadoras?”

¿Qué tanto más somos capaces de “organizar” en nombre de cualquier cruzada? ¿Por qué en vez de “civilizar” no nos dedicamos a dialogar y conciliarnos con nuestro ser natural?

Sólo Dios sabe

Civilización

Noviembre 11, 2007

Los cables de las agencias noticiosas chisporrotearon frenéticos: “Descubren en Perú templo de 4,000 años de antigüedad“, “Descubren en Chiclayo un santuario religioso de 4.000 años de antigüedad“, “Hallan en Perú una pintura mural que consideran la más antigua de América“, “El templo más antiguo de América“, “Descubren templo y un mural de unos 4,000 años de antigüedad“…

En resumidas cuentas, los arqueólogos comenzaron a limpiar Ventarrón, un sitio arqueológico, de esos que abundan en la costa norte peruana, y han descubierto un templo y sus respectivos murales cuya construcción se remonta a unos cuatro mil años en el pasado. Se trataría, pues, de los restos de una cultura muy antigua…

Efectivamente. Desde que comenzó a disiparse la locura terrorista que había poseído a los peruanos, poco a poco los arqueólogos se sintieron más confiados y retomaron el trabajo de Julio C. Tello, Luis G. Lumbreras, Manuel González Prada: reconocernos en nuestra histórica originalidad y, por ende, diversidad.

Walter Alva fue el primer beneficiado de esta nueva ola. La fortuna lo puso en el camino de unos “huaqueros” (personas que extraen piezas valiosas de las huacas, nombre con el que se conoce a los sitios arqueológicos peruanos) y se encontró con “El señor de Sipán“. Por esa misma época, Izumi Shimada estaba desenterrando a la cultura Lambayeque, o Sicán; y Thor Heyerdhal andaba descubriendo murales en el gran complejo piramidal de Túcume. Todo en la costa norte peruana. Poco tiempo después los arqueólogos se encontraron con otros murales en “El Brujo”, Trujillo, y mientras Walter Alva seguía desenterrando jerarcas mochicas (algunas mujeres, por cierto), Ruth Shady alborotó nuevamente el cotarro: los datos indicaban que la Ciudad Sagrada de Caral, a medio camino entre Trujillo y Lima, era la más antigua de América.

La costa norte peruana se ha convertido, qué duda cabe, en el punto de partida.

Hasta el día de hoy podemos ver la supervivencia de una civilización milenaria que a lo largo del tiempo ha recibido diferentes nombres (Cupisnique, Chavín, Moche, Mochica, Chimú, Lambayeque, Sicán… por mencionar algunos). Cada mañana, cuando los pescadores se lanzan al mar sobre sus caballitos de totora (embarcaciones de junco entretejido), mantienen vivo un legado. Si bien ahora regresan con menos biodiversidad (la pesca de arrastre los está afectando), siguen convocando a una multitud de compradores… muchos años atrás, así podía comenzar una larga jornada, con la adquisión de pescado que luego se ponía a salar para que los comerciantes lo trasladaran hasta la sierra o la selva y lo intercambiaran, en su trayecto, por plumas, piedras preciosas, cerámicas y, lo que es más importante aún, ideas.

El caso de Caral es importante por eso mismo: los investigadores han caído en la cuenta de que el poder de esta ciudad se sostenía en un entramado comercial que surgía del contacto de diversos pueblos, diversas necesidades.

El otro ejemplo es el de los mochicas, que no constituyeron un Estado central sino un conjunto de “reinos” locales o quizá “ciudades estado”.

¿Un milenario contínuo cultural en la costa norte peruana? No es descabellado pensar en esto. Incluso los chimúes , que fueron conquistados por los incas poco antes de la llegada de los españoles, cultivaron esta herencia.

Recuerdo que mi infancia me la pasé junto al mar de Pimentel, a 12 kilómetros de Chiclayo. Al norte de este balneario duerme un conjunto piramidal que aún no se excava… así hay muchas huacas en el norte peruano, retazos de nuestro pasado aún por desenterrar: ¿qué más encontrarán los arqueólogos?

Sólo Dios sabe

Curiosidad

Noviembre 8, 2007

 

¿Cómo identificamos un suceso provocado por algún tipo de inteligencia? Hay un documental donde unos científicos no-evolucionistas señalan que al parecer existe una “inteligencia” detrás de todo este asunto al que denominamos universo o (quizá mejor dicho y si no les causa urticaria) la obra divina. Es la teoría del Diseño Inteligente, tan repudiada por la Comisión Europea.

Estos científicos -anatemizados por los darwinistas y/o evolucionistas- barajan algunos conceptos de los sistemas complejos y emergentes para afirmar que además de materia y energía, el universo también estaría compuesto por información. Y, claro, “alguien” o “algo” estaría “administrándola”.

Dicen, pues, que así como podemos reconocer si unas líneas en la tierra (como las de Nazca, en el Perú, por ejemplo) fueron hechas por alguien (en nuestro fueron los nazcas, una cultura pre-inca, y no el viento), igualmente, cuando estos científicos contemplan el funcionamiento y composición de algunas células y bacterias, reconocen que fueron hechas por “alguien” o “algo”. Es decir que fueron “diseñadas”.

Antes de decir “están locos”, quisiera traer a colación las palabras de algunos grandes maestros de la especulación. Comencemos con Heráclito de Efeso, filósofo griego del Asia Menor (actual Turquía). Kirk, Raven y Schofield, citan en su libro Los filósofos presocráticos (página 295 de la edición 1987 de Gredos) a este filósofo de la naturaleza:

“Una sola cosa es la sabiduría: conocer con juicio verdadero cómo todas las cosas son gobernadas a través de todas las cosas”.

“Una sola cosa, la única verdaderamente sabia, quiere y no quiere que se la denomine Zeus”.

Heráclito propone al Logos, “un plan estructural”, “constitutivo de todas las cosas”… en fin: una inteligencia que Kirk, Raven y Schofield, basados en tantos otros, identifican con lo divino e incluso refieren como Dios (sin limitar esta palabra a una fe en particular, claro está).

De Heráclito brinquemos a otro oscuro filósofo: Martin Heidegger. Este pensador, para disertar alrededor del “Fragmento o sentencia de Anaximandro” (lo cito a partir de su libro Caminos del Bosque), solicita primero que nos despercudamos de los prejuicios. Pide que le otorguemos a las palabras su más amplio sentido. Que reconozcamos que entender por “las cosas” únicamente a los objetos materiales sería limitante habida cuenta de que en este universo está comprendido, también, el pensamiento.

El texto de Anaximandro, “la sentencia más antigua del pensamiento occidental”, como dice Heidegger, expresa lo siguiente:

“De donde las cosas tienen su origen, hacia allí deben sucumbir también, según la necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo”.

“A partir de donde las cosas tienen su origen, hacia allí se encamina también su perecer, según la necesidad; pues se pagan unas a otras condenas y expiación por iniquidad según el tiempo fijado”.

Lo que subyace en esta concepción es “un plan”. Uno donde el objetivo pareciera ser la vuelta a un equilibrio primigenio. En ese “mientras tanto” el ser humano, como sugiere Heidegger, debe pensar al respecto. Así el asunto cobra sentido.

Entonces, y volviendo al principio, no es la primera vez que se supone la presencia de “algo” que rige (o “diseña”) lo que conocemos. Tampoco es la primera vez que algunas personas se dan a la tarea de “leer”, “descifrar”, “interpretar” e incluso “entender” la presencia de “aquello”.

¿Están locos los que creen en el Diseño Inteligente”? Para comenzar, no creo que estén más desorientados que los seguidores del azar. Más aún cuando éstos últimos entiendan al azar por caos. Y peor aún, si en el caos no reconocen “patrones”.

En lo que sí se diferencia de los científicos es que éstos no afirmarían, en rigurosa ciencia, algo tan “descabellado” como que detrás de la realidad exista algo así como una inteligencia. Ni siquiera cuando sus matemáticas beben de personajes como Leibniz, quien además de sacar a la luz el cálculo infinitesimal, escribió un texto maravilloso: la Monadología.

La disputa entre los “científicos” que creen en el Diseño Inteligente y los científicos duros y escépticos se presta a mucha reflexión y hasta dan ganas de releer a Borges (¿el más grande metafísico?).

A final de cuentas seguimos dando bastonazos de ciego al intentar responder la siguiente pregunta: ¿qué hay detrás de todo esto?

Sólo Dios sabe… (ejem)

Fecha de caducidad: hoy

Noviembre 7, 2007

(tinta china, aguada, lápiz, grafito y acuarela sobre papel kraft)

Comencemos por el diccionario: “acción y efecto de caducar… calidad de caduco”. Ok: suficiente.

Algo puede estar caduco desde el momento de su concepción. Qué digo concepción: desde que alguien se digne a tener una idea caduca. Si algún objeto pierde sus cualidades con velocidad inusual, creo que se puede decir -estirando un poco los significados- que es efímero. No todo lo que sea efímero es necesariamente caduco. Una larga lista de efimeras existencias nacen y mueren con vitalidad artística y algunos de estos performances o happenings o curadurías o instalaciones (matices de lo mismo) tienen la fortuna de quedar fotografiadas o videograbadas “para la posteridad”.

¿Tiene fecha de caducidad una obra de arte? Para brincarnos el engorroso asunto de definir qué es obra de arte y sacarle canas verdes a cualquier puritano, definamos “obra de arte” como cualquier cosa que se sostenga en la gustosa convención de tres o más personas sin relación consanguínea (hasta un poco de excremento enlatado puede ser obra de arte si se justifica y convence a tres o más personas). Así entonces nos quedamos con el tema de la caducidad de la obra de arte.

Hay quienes dicen que una obra de arte no caduca. Si bien reconocen que así como cualquier ser vivo, cumple un ciclo vital, la diferencia es que en un diagrama ad hoc, tendríamos que cambiar el letrerito de “muere” por uno que diga, por ejemplo, “hiberna” (si creemos en reencarnaciones o en el eterno retorno los letreritos de “muere” y “nace” pueden ir juntos y entonces no es necesario realizar mayores cambios).

Es decir que una obra de arte, aunque olvidada, se mantendrá en estado latente hasta que alguien la redescubra y ya sea que la anuncie a los demás su existencia o la plagie o la tome como referencia para “recrearla” o “intervenirla”… (a propósito de intervenciones… si en un descuido de los celadores del Louvre, intervengo la Mona Lisa… ¿podré llevármela a mi casa? Digo, ya no sería más la Mona Lisa sino una obra nueva, resultado de mi intervención y, por lo tanto, mía… ¿o estoy groseramente equivocado?)

Una obra de arte es o puede ser inmortal. Pero entonces, los que pretenden realizar obras maestras o simples obras de arte buscan y trabajan con los mejores materiales, unos que le aseguren durabilidad. Los comerciantes de arte agradecen esta pesquisa, al igual que los restauradores, aunque no necesariamente los bolsillos de los artistas, menos aún los que se fermentan en el anonimato (conozco a un artista que es capaz de no comer con tal de comprar el bendito chisguete de acrílico marca Waterloo que según le dijeron durará hasta que la tierra se doble ante el abrazo del sol).

Las obras de arte, hasta las más efímeras, no caducan y, por lo tanto, no se rigen, ni se deben juzgar, en base a categorías como calidad o marca o duración del medio o del espacio donde ocurra el fenómeno (el arte).

¿Y qué pasa cuando un artista decide ponerle fecha de caducidad a su obra de arte?

Sólo Dios sabe