Iniciativa

By maistro

iniciativo, va.

(Del lat. initiātus, part. pas. de initiāre, e -ivo).

1. adj. Que da principio a algo.

2. f. Derecho de hacer una propuesta.

3. f. Acto de ejercerlo.

4. f. Acción de adelantarse a los demás en hablar u obrar. Tomar la iniciativa

5. f. Cualidad personal que inclina a esta acción.

6. f. Procedimiento establecido en algunas constituciones políticas, mediante el cual interviene directamente el pueblo en la propuesta y adopción de medidas legislativas; como sucede en Suiza y en algunos Estados de Norteamérica.

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Bueno, esto es lo que aparece como definición a la palabra “iniciativa“. Derechos debidamente reservados.

Los que creemos en la iniciativa ciudadana -la “de verdad”, claro. No hablo de aquella teledirigida, tampoco la que está patrocinada por el estado o instituciones paternalistas y mucho menos aquéllas provenientes de élites que pretenden “educar” a los demás-, por eso, nosotros los crédulos, a veces tendemos a creer en cosas como, por ejemplo, el derecho de cualquier grupo de ciudadanos “a realizar propuestas”, independientemente de cualquier línea de pensamiento oficial, “de moda” y legitimada por determinados grupos de poder. Y, aunque suene descabellado, estamos dispuestos “a ejercer” nuestra propia iniciativa.

Y es que a veces solemos ser muy ingenuos y hasta le tomamos la palabra a un simple diccionario.

Contrarios a la lógica de algunos cuantos que se hacen llamar “legítimos representantes”, y encandilados por nuestra arrebatada ingenuidad, hasta se nos ocurre que, tal como indica la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nadie tiene el derecho a discrimarnos y, por ende, a discriminar nuestras iniciativas.

Hasta nos atrevemos a creer en lo que indica el artículo séptimo de esta declaración: “Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación“.

Y ya entrados en dislates, se nos da por pensar que si no valoran nuestra iniciativa, si la consideran obra de ignorantes, entonces estamos situados en el terreno de la discriminación y, por lo tanto, que se vulneran nuestros derechos. Porque, a final de cuenta, suponemos que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Es decir, como si fuéramos hermanos: iguales.

Menos discriminación cabe en estos tiempos, cuando vamos comprendiendo que las diferencias culturales y/o condicionamientos socioeconómicos no implican la superioridad o mayor conocimiento de unos sobre otros. Y cuando sabemos que, como indican algunos “disparatados” como Maffesoli, cuando dicen que los marcos conceptuales de la monoteísta modernidad (un sólo “Dios”, una sola ley, una sola verdad, un solo método, un solo procedimiento, un solo estado, una sola perspectiva, una sola razón… en fin) ya están más que rebasados.

Es decir, en estos tiempos postmodernos, ya sabemos que en ámbitos que escapan a la rigurosa ciencia, como el socioambiental (ecológico), nadie puede jugar a ser “Dios”, mucho menos cuando las demás piezas de este juego de equilibrios y desequilibrios son, en realidad, otros jugadores.

¿A qué viene todo esto?

A que, en el terreno de la preservación de nuestros recursos naturales (o su aprovechamiento sustentable), las iniciativas de los seres humanos que habitan en áreas naturales protegidas o patrimonios culturales deben incentivarse y, por qué no, incluso estar por encima de los dictados de otros seres humanos que no viven en esos parajes. Más aún cuando, al matar o desestimar las iniciativas locales, incurrimos en el aniquilamiento o la desestimación de la cultura que allí se haya desarrollado.

Se trata de fortalecer la cultura local en sus aspectos sustentables. No se trata de imponerles otro modelo de vida ni prohibiciones que nadie cumple.

¿Que no es fácil identificar actores locales con tales iniciativas y suficiente responsabilidad? Ah, pues, para eso hay que TRABAJAR: observar detenidamente, preguntar y conocer al otro, identificar mediante el diálogo (puesta en común) en quién confiar y, luego, no sólo cederle el poder sino apoyarlo.

¿Comprometerse? Pero por supuesto. Casi hasta el punto como Platón nos cuenta, en su Carta Séptima, cómo es que en él ocurre este proceso al que denominamos “conocer”. En un punto de sincera locura (casi esquizofrénica) y fuera de todo “rigor científico” se atreve a decir que llega a “ser” esa cosa objeto de su conocimiento.

Ahora, si hablamos de “hacer comunidad”, ¿cómo hacerla tomando distancia? Más aún, negándole a los otros la posibilidad de SER, incluso por caminos que nos parezcan descabellados. ¿Acaso no queremos comunidades con iniciativa y capacidad de renovación? ¿Comunidades capaces de recrearse?

¿De qué otra forma podemos formar parte de comunidades sustentables.

¿Que somos idealistas?

Sólo Dios sabe

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