
Comencé a escribir reseñas literarias en febrero de 1997. Dejé de hacerlo (¿?) en febrero de 2007. Tenía que leer de dos a tres libros por semana. A veces más. De todo ese tiempo, son pocas las obras que recuerdo. Una es una compilación de reseñas de un escritor húngaro, cuyo nombre, lamentablemente, no recuerdo. Todo el libro y el pensamiento del autor dedicado a un grande: Stendahl, y de él, sobre todo, Rojo y Negro (los colores de la huelga, del anarcosindicalismo, de la anarquía… ¿vaya descontextualización?).
Las demás ocupan un amplio rango que va desde ensayos, novelas, biografías (toda la serie de Krauze en Tusquets) hasta best sellers.
En esta ocasión quiero recordar, sin embargo, un momento que me hizo llorar como energúmeno. Mi esposa escuchó mi llanto y creyó que algún familiar mío había muerto (antes había llorado mucho, de esa manera, cuando murió mi abuelo Ricardo, y en otra ocasión me anticipé en un día a la muerte de mi tío Honorato, otro de mis numerosos abuelos). Pero no, lloraba sobre las páginas finales de La isla de la pasión, memorable novela de la escritora colombiana Laura Restrepo. ¡Qué monumento de obra!
La historia es conocida por muchos. El teniente Arnaud (una especie de gavilán pollero al más puro estilo de este personaje de la fauna de la Warner Brothers, un gavilán que le hace la vida imposible al gallo Claudio (¿o es al revés?)), bueno, este oficial se va a tomar posesión, a nombre del estado mexicano, de una isla que en realidad es un yermo promontorio de piedras. Allí sólo habitan los cangrejos y las aves cagonas (guaneras para los cultos). Un peñasco abandonado. Uno de esos lugares cuya propiedad sólo puede reclamarlo el más estúpido de los orgullos. Y bueno, ahí fue el teniente, con todo un destacamente y sus respectivas familias.
Su mala suerte es que estamos hablando de 1910 y, como sabemos, por esas épocas a los mexicanos los embargaba el espíritu revolucionario. Así es que mientras en el continente se mataban los unos a los otros, en la isla sucedía otro tantito.
Al final de todo, quedaron vivos los niños (con esto no estoy arruinando un final que se ciñe a lo histórico y hasta se ha hecho película con Pedro Infante como el teniente Arnaud). Y cuando lloré fue justo el momento cuando los niños se negaron a abadonar su peñasco. A llantos nos metieron (a mí y a los niños) a observar el barco que los rescató. Ya cuando probaron la primera golosina comenzaron a calmarse. Sin embargo, yo seguí llorando. Si bien para los adultos y, en este caso, el lector, vivieron las aventuras isleñas como una historia terrible, para los niños había sido su hogar, su universo conocido y allí habían aprendido a ser felices y tristes. ¡Allí conocieron la felicidad!
No sé cómo explicarlo. Lo he dicho en voz alta y apoyándome en mi gradilocuente gestualización y como resultado he obtenido miradas de sospecha: ¿de qué estoy hablando? En otro libro, La muerte del filósofo, ocurre un pasaje similar, aunque sin niños. Un esclavo, a la muerte de su amo el filósofo, termina preso en una catacumba con el agua hasta las rodillas y dice que allí supo encontrar la felicidad.
Se me ocurre que a la inversa también debe ocurrir. Alguien con todo a su alcance puede sentirse desdichado y miserable: profundamente triste.
A diferencia de sus padres, los niños de la novela de Laura Restrepo no eran ni supervivientes de un abandono. Lo dice una de las entrevistadas (la novela, como la otra suya que leí: La Novia oscura; está escrita como pesquisa periodística). Por eso no entendían por qué tenían que abandonar su hogar de piedras, cangrejos y aves cagonas.
Digo: ¿qué se creen aquellos que nos dicen que hay un paraíso por descubrir o un desarrollo que alcanzar? ¿Será que, simplemente, no saben disfrutarlo? (Uy: esto va para largo, mejor aquí me detengo y lo continúo en otro post. Porque entonces viene la redistribución del ingreso y el gran robo de nuestros futuros)
A final de cuentas, bailemos y cantemos.
¡Rumba!
Porque sólo Dios sabe…
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