Una vez me tocó viajar constantemente desde Ciudad de México (DF) hasta Ciudad del Carmen, en Campeche. Un viaje de 15 a 20 horas, dependiendo del estado del clima, de la velocidad del vehículo, del tráfico en la carretera, de las reparaciones… en fin: un viaje largo.
Por lo general viajábamos la familia entera. Pero en una ocasión realicé el largo camino con un muy buen amigo. Antes de partir decidimos turnarnos el volante. El primer trayecto, desde la Ciudad de México hasta la ciudad de Puebla, lo condujo mi amigo. A veces iba rápido, a veces despacio. Tomaba el volante con dos manos, a veces con una. Cuando le daban ganas de fumar, le encendía el cigarrillo y se lo pasaba para que él pudiera concentrarse en las curvas con las que la carretera sube hasta el punto donde se encuentran el Popocatépetl y el Iztlazíhuatl (es probable que haya errado en la escritura de alguno de estas dos montañas que observan el Valle de México).
Unos kilómetros antes de llegar a Puebla, mi amigo me cedió el volante. Hicimos el cambio en una gasolinera. Salí a la carretera y aceleré hasta que el coche alcanzó la velocidad máxima permitida, 110 kilómetros por hora. Recuerdo que íbamos escuchando a Bob Marley cuando en eso comencé a notar cierta incomodidad en mi amigo. A veces se sobresaltaba y su mano parecía querer tomar el volante. Otras, estiraba sus piernas como queriendo frenar el vehículo. Y constantemente me preguntaba si iba bien. Mi amigo se caracteriza por su nerviosismo, por eso no me pareció que estuviera enfrentándome a ningún problema. Pero luego se animó a decirme: “¿por qué pones tercera tan rápido?, ¿estás agarrando bien el volante?, bájale la velocidad…”
Cuando él conducía, supuse que sabía lo que estaba haciendo. Considero que cada quien valora su vida lo suficiente para cuidarla. Al tomar el volante e imprimirle cierta velocidad al coche, confié en que mi amigo sabía lo que estaba haciendo. Y aún hoy en día no lo pongo en duda. Cada quien sabe por qué hace las cosas. Fue por eso que le dije: “¿acaso no confías en mi manera de conducir?” Él dijo que sí, pero que de todos modos le parecía que descuidaba el volante, que iba muy rápido que… lo detuve para volver al punto: “he recorrido esta ruta varias veces, la gran mayoría con mi familia en el coche”. Cada quien tiene su muy particular de conducir un coche y la debe considerar la mejor de todas: de por medio está su seguridad, su vida. Un descuido, una mala maniobra, puede ser fatal. Ahora: ¿cuántas formas existen de conducir un coche con seguridad? ¿Cuántas maneras correctas? Yo creo que muchas. Finalmente, existen las circunstancias del destino y de ésas nadie se salva.
Concluí con una petición: “Si yo confío en la manera como tú manejas, espero que tú confíes en la mía cuando tomo el volante. Tú me conoces, por algo estamos aquí, juntos, dirigiéndonos hacia un mismo destino. Créeme: vamos a llegar sanos y salvos a Ciudad del Carmen”.
Desconfianza.
¿Por qué desconfiamos? ¿Qué sería de los viajes carreteros si todos los pasajeros anduvieran interfiriendo al conductor? ¿O si los pasajeros de un avión le sugirieran al capitán cómo maniobrar el avión? Sin duda existen los accidentes, alguno de ellos provocados por errores humanos (errare humanum est) y otros por trágicas circunstancias (por ejemplo, un derrumbe), pero entonces: ¿viviremos a la expectativa de estos accidentes? ¿No será que así, ciertamente, los podemos provocar?
Estas reflexiones me vienen a la mente a la vista de este cuadro que originalmente se iba a llamar “Hotel garage”. Fue una visión que tuve en la ciudad: el taxista y la mujer, ambos con un vaso de café en la mano, platicando en confianza, la confianza que surge luego de haberse detenido en algún lugar a comprar ese café que sostenían en sus manos. La confianza que debería surgir tras conocerse. ¿Habrá sido la plática? Se me ocurrió que esa mujer salía de un hotel de paso y que el taxi la llevaba a su casa. Había un desenfado como si ya hubieran derribado sus prejuicios, como si se conocieran más allá de las poses, de las máscaras.

Al final ya no puse el letrero de neón de Hotel garage sobre un edificio que se debería haber levantado al fondo. Tampoco quise seguir cubriéndolo de pintura. Se quedó así, los dos en un taxi, en confianza, cómplices, regresando…
Pero sigue llamándose Hotel garage.
¿Por qué?
Etiquetas: cómplices, confianza, hotel de paso, hotel garage, mujer, prejuicios, taxi, taxista
Septiembre 11, 2007 a las 3:34 pm |
este post me ha gustado…saludos…