Archivo de Septiembre 2007

Absoluciones

Septiembre 28, 2007

Un fantasma recorre el planeta. ¡”Líderes” del mundo, uníos! Protegeos los unos a los otros. Reformen sus estados para proteger sus partidocracias. Estrechen sus manos diestras y siniestras en aras del “orden mundial”. Sean positivos, ustedes que entienden “liderazgo” como la promoción de la inmovilidad. Sigan pretendiendo adormecer al motor del cambio, la mundana y animal volatilidad del ser humano, con discursos, moralejas y racionalizaciones que humean miedo y mentira.

La historia no absuelve a nadie: ni a la derecha ni a la izquierda, ni al norte ni al sur, ni arriba ni abajo.

¿A qué va todo esto?

Felipe Calderón, presidente de México, acaba de presentarse ante los “300 líderes más influyentes del país” (¿Habrán invitado a Marcos del EZLN y a esos “líderes” clientelares que consiguen miles de firmas y adherentes al partido político que muestre más dinero?).

Bueno, no importa, estaban entre amigos del mismo bando, y les dijo esto: “Yo no sé si esta lista de 300, ó de 500, ó de 100, ó de 20, ó de 10, sea una lista adecuada, quizás ni somos todos los que estamos ni están todos los que son, no lo sé”.

Después les dijo esto otro: “Lo que sí creo, lo que sí sé, es que cada una y cada uno de ustedes tiene algo qué hacer, que cada una y cada uno de nosotros tuvo más oportunidad en este México quebrado por el dolor de la injusticia y la desigualdad.

“Tuvo mucho más posibilidades que cualquier otro, tuvo más posibilidades que una niña que ni siquiera llegó a los dos años de edad en la montaña de Guerrero.

“Tuvo más oportunidades que un tarahumara en la Barranca del Cobre, tuvo más oportunidades que una joven en las orillas de Chimalhuacán que ha sido prostituida a sus 13 años en La Merced en la Ciudad de México.

“Tuvo más oportunidades de ser y de hacer, y este México tiene más que exigirle a ustedes que a esa niña que está en La Merced, tiene más que exigirle a ustedes que hemos tenido oportunidades de aprender, vivir y de ser, que a esos jóvenes que están en la montaña alta de Guerrero o de Oaxaca o de la Barranca del Cobre.

“Tiene más que exigirnos, que a los que están ahora levantando su puesto ambulante en uno de los ejes de la Ciudad de México, tiene más que exigirnos a nosotros, que a quienes están levantando ahora una cosecha que no les dejará ni para comer los próximos dos meses.

“Pienso que esta minoría selecta, esta élite tiene una responsabilidad enorme con su generación y con nuestro tiempo; pienso que esta minoría selecta que a final de cuentas marca cadencias en una generación, tiene mucho más que hacer que los demás”.

Y siguió diciéndoles cosas. Palabras de un “líder” a otros “líderes”. Discursos de derechas e izquierdas mezclados en una desesperada cocktelera. Los “líderes” de nuestro tiempo son iguales a los de antaño aunque más mediáticos y efímeros: necesitan impactar.

Siguen creyendo que son “el motor del cambio”. Por eso me caen más simpaticos algunos héroes griegos, sobre todo en esos pasajes cuando sospechaban que eran simples ratones-mortales entre las aburridas garras de sus inmortales gatos-dioses. Y a pesar de eso, se movían (o pretendían hacerlo).

Bueno, liderazgos aparte, hay que observarlos. Son como nosotros.

Ya Platón, en su Carta Séptima, se decía más o menos así: “¿por qué escribo esto?”

Sólo Dios sabe

Relájate

Septiembre 28, 2007

 

En realidad, no comprendo por qué Estados Unidos se endeudó tanto en una guerra tan convencional contra el terrorismo. El terrorismo es un absurdo que se combate de otro modo, creo. No con armas. A veces pienso que el terrorismo debe ser considerado como la reacción desesperada de una comunidad o cultura que se ve agredida salvajemente por otra. Es decir, si Marianne salta para darme un madrazo, es que debí agredirla de mal modo sin darme cuenta. Eso puede pasar. No puedo presuponer que ella está loca. A veces la regamos sin darnos cuenta. Entonces, si Marianne saltara sobre mí para darme un madrazo, le sostendría las manos, esquivaría sus golpes, y le preguntaría, con disculpas de por medio, claro está: ¿qué hice mal, amorcito?

Creo que una de las cosas que más me llamó la atención durante el suceso de las torres gemelas, fue la sorpresa que muchos gringos mostraron ante el ataque que habían sufrido. No entendían por qué los odiaban tanto. Esa angustiosa interrogante la escuché tanto en boca de políticos de ese país, como del público que aparecía ante cámaras. Como si todos ellos vivieran desconectados del planeta (¿y aún así, lo dominan?)

La paradoja es uno de aquellas juegos de la realidad. Aparente punto donde los opuestos se tocan. ¿Combatir el terrorismo con amor? Silla de caballo que no se puede montar porque está tan bien pulida que te resbalas por todos lados.  Llena de matices, todos tan importantes, pero basta uno para desencadenar un movimiento impredecible en el corto o mediano plazo. Aunque vislumbrable en el largo plazo. Sigue sentándote sobre ella hasta que se gaste su pulidez: entonces monatarás al caballo. Ya es de cada quien si desea montar sobre una silla llena de raspones y un caballo atemorizado por haberla agarrado a patadas con todo, o sobre una silla a la cual le echaste un poco de pajilla y la frotaste, como si acariciaras al mismísimo animal…

El terrorismo no se combate únicamente con balas e inteligencia, sino con seducción. No burda y descarada, porque están de por medio fundamentos de orden religioso o moral. ¿Por qué no complacer a ciertos sectores de la red sobre la cual se sostiene la organización terrorista? Atraer a los que se pueda. Generar relaciones y puntos de encuentro e identidad en otro ámbitos de acción. Compartir aficiones, por ejemplo. Generar camaradería con los contactos más cercanos al objetivo.

Ahora en el ámbito del absurdo, como lo es cualquier actitud de corte terrosita, ¿por qué en vez de bombardear Afganistán e Irak a lo bruto, no realizaron cualquier otra acción así de descabellada? Quizá hubieran conseguido mucho mejores efectos.

Por ejemplo, ¿por qué no interfirieron la mayor cantidad de ondas electromagnéticas en ese país, cortaron la comunicación y colocaron en su lugar, digamos, versículos del corán con  invocaciones a la tolerancia?

Estoy seguro de que Estados Unidos hubiera tenido mucho más éxito si hubiera convocado a los presidentes de todos los países del mundo para que cantaran a los dirigentes afganos, a coro y con sonrisas: We Are The World en las lenguas de aquellas escarpadas regiones. Nos hubiéramos reído mucho e incluso uno que otro líder afgano se habría preguntado: ¿qué me está pasando? ¿Por qué todos ellos se ríen y yo no?

Otra muy buena acción, descabellada, por supuesto, hubiera sido ver a los principales líderes religiosos de todo el mundo, en alguna mezquita musulmana sunita, arrodillados en señal de respeto y reconociendo que, efectivamente, más allá de un problema de nombres, Alá es el más grande. Todos serios e iluminados con temor divino, claro está.

Si vamos a hablar de tolerancia, no tomarse las cosas de una manera tan fanática, ¿por qué nos aferramos con tanto fanatismo a nuestras formalidades? ¿Por qué Occidente no reconoce e identifica sus fanátismos, sus formalidades, y las relaja un poco? Rígido fanatismo. De movimientos torpes. Que se golpea con todo y con todos. Los gringos son bien fanáticos, y sus seguidores son más fieles aún (como cualquier líder latinoamericano), aunque tantito peor: sólo ven dinero y poder.

Estados Unidos está en  un punto muerto. Reconozca o no su fanatismo, ya comenzó su ocaso imperial.

El reto del mundo postimperial es dejar atrás el terrorismo de estado y la prepotencia con la que actuó Estados Unidos. Tenemos conocimientos suficientes para decir que con otras acciones los resultados hubieran sido igual de lamentables. Worl Trade Center incluido. Conocimientos que nos permiten elegir las vías menos dolorosas. Es decir que con cualquiera de las acciones arriba mencionadas, ahora estaríamos viendo Borat, en versión iraquí. Una pizca más divertido. Y quien sabe, quizá con menos terrorismo.

Algo cotidiano

Septiembre 26, 2007

Salió muy borrosa…

Ya lo pasado, pasado…

Septiembre 25, 2007

A veces sólo basta tomar asiento y mirar hacia la izquierda… ¿o la derecha?

Sólo Dios sabe

Encajonados

Septiembre 21, 2007

“El meollo del asunto en el tema de la equidad, la lucha de los sexos, feminismos, machismos, homofobias y demáses, es el rol. ¿Qué roles asumimos los seres humanos? ¿Por qué nos debemos encajonar en ellos?”, esto lo dice Pierre Menard luego de tirar a su esposa por la ventana. Inmediatamente corre a la planta baja para atraparla entre sus brazos. Ella es tan liviana que no cae con la rapidez que cayó su primera esposa.

“Esto es un juego de máscaras”, dice la mujer antes de brincar fuera de sus brazos.

Menard considera que interpretamos roles. Y que el problema radica en que la sociedad no tolera que algunas personas vayan saliéndose de sus roles para interpretar otros. Mucho menos reconocer que, fuera de los roles, somos iguales.

“¿Un primate desnudo?”, pregunta su mujer, ahora asomada a la ventana.

Menard se queda pensando… “¿por qué no respetas lo que digo?”

El maistro

Septiembre 19, 2007

Unas copas más, unas copas menos… el maistro en persona. A este sujeto le gusta la buena vida, le agrada fumar, conversar, y entretener la mirada. Aunque su máximo deleite es conocer personas.

Cuando el maistro tiene a a una persona al frente, observa cómo mueve sus manos, el tamaño de sus dedos, cuántas veces juguetea con su cabello, hacia dónde mira al hablar, cuánto se mueve, la postura del cuerpo, la frescura en la mirada, la sinceridad de una sonrisa, la firmeza con la que imprime sus palabras y la confianza con la que confiesa lo que no sabe.

El maistro, por supuesto, duda. Ni siquiera sabe, con algún grado de certeza, quién es él mismo. Hasta dónde se ha perdido en el juego de las apariencias (¿El maistro vistiendo smoking?, esa no se la cree ni él mismo).
Tampoco conoce al propietario de “sus” pensamientos. El maistro sólo cree. Y una de las personas que lo ha proveído de creencias es Jorge Luis Borges. Otro es Kafka. Sin olvidar, claro, al glorioso Hermes Trimegisto. A partir de estos individuos -ficticios o reales- comienza una larga, gloriosa y confusa hilera de personalidades.

Lo sorprendente del caso es que aquello no lo inhibe… y hace cosas. Dice que es como flotar sobre distintas corrientes. Curiosamente, para que el viaje sea placentero, debe confiar. Así es como llega a buen puerto, uno que siempre le depara una nueva salida. En cambio, cuando no confía el viaje es tortuoso y el puerto… el maistro ha aprendido una cosa: en medio del mar encrespado no se puede ver el horizonte y mucho menos alguna orilla.

Al final de cuentas, para qué torturarse si…

Sólo Dios sabe

Mira mi caca…

Septiembre 11, 2007

Este domingo 9 de septiembre del 2007 me reencontré con un buen amigo. Es restaurador de arte. La conversación llegó a un punto en el cual me confesó que a veces ya no sabe qué pensar. Sobre todo ahora que cualquier cosa que se sostenga sobre argumentos razonables y conceptos interesantes puede ser arte. También puede llamarse artista cualquiera que esgrima razón suficiente y provoque cierto atractivo. Y así, me contó, hemos llegado a extremos donde restauradores de primerísimo nivel mundial terminan ante un poco de excremento regado sobre el suelo sin saber qué hacer: “¿lo recojo y lo restauro o mejor que ya lo tiren a la basura?”

Este amigo viaja mucho a museos de todo el mundo. Tiene ocasión de conversar con restauradores que se enfrentan a auténticos dilemas en las principales ciudades del mundo. Por ejemplo, me contó que en un lugar de Nueva York había una pieza compuesta por pedazos de durex (cinta scotch) y cartulina. Le preguntó a la restauradora: ¿y qué harán luego con esta pieza, la tendrás que restaurar? A lo que la restauradora respondió: “si nadie la compra se va, así como está, a la basura”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bueno, a la pregunta del restaurador de primerísimo nivel, sólo cabría una respuesta suficientemente razonable e, incluso, interesante:

Sólo Dios sabe

 

 

Confianza

Septiembre 7, 2007

Una vez me tocó viajar constantemente desde Ciudad de México (DF) hasta Ciudad del Carmen, en Campeche. Un viaje de 15 a 20 horas, dependiendo del estado del clima, de la velocidad del vehículo, del tráfico en la carretera, de las reparaciones… en fin: un viaje largo.

Por lo general viajábamos la familia entera. Pero en una ocasión realicé el largo camino con un muy buen amigo. Antes de partir decidimos turnarnos el volante. El primer trayecto, desde la Ciudad de México hasta la ciudad de Puebla, lo condujo mi amigo. A veces iba rápido, a veces despacio. Tomaba el volante con dos manos, a veces con una. Cuando le daban ganas de fumar, le encendía el cigarrillo y se lo pasaba para que él pudiera concentrarse en las curvas con las que la carretera sube hasta el punto donde se encuentran el Popocatépetl y el Iztlazíhuatl (es probable que haya errado en la escritura de alguno de estas dos montañas que observan el Valle de México).

Unos kilómetros antes de llegar a Puebla, mi amigo me cedió el volante. Hicimos el cambio en una gasolinera. Salí a la carretera y aceleré hasta que el coche alcanzó la velocidad máxima permitida, 110 kilómetros por hora. Recuerdo que íbamos escuchando a Bob Marley cuando en eso comencé a notar cierta incomodidad en mi amigo. A veces se sobresaltaba y su mano parecía querer tomar el volante. Otras, estiraba sus piernas como queriendo frenar el vehículo. Y constantemente me preguntaba si iba bien. Mi amigo se caracteriza por su nerviosismo, por eso no me pareció que estuviera enfrentándome a ningún problema. Pero luego se animó a decirme: “¿por qué pones tercera tan rápido?, ¿estás agarrando bien el volante?, bájale la velocidad…”

Cuando él conducía, supuse que sabía lo que estaba haciendo. Considero que cada quien valora su vida lo suficiente para cuidarla. Al tomar el volante e imprimirle cierta velocidad al coche, confié en que mi amigo sabía lo que estaba haciendo. Y aún hoy en día no lo pongo en duda. Cada quien sabe por qué hace las cosas. Fue por eso que le dije: “¿acaso no confías en mi manera de conducir?” Él dijo que sí, pero que de todos modos le parecía que descuidaba el volante, que iba muy rápido que… lo detuve para volver al punto: “he recorrido esta ruta varias veces, la gran mayoría con mi familia en el coche”. Cada quien tiene su muy particular de conducir un coche y la debe considerar la mejor de todas: de por medio está su seguridad, su vida. Un descuido, una mala maniobra, puede ser fatal. Ahora: ¿cuántas formas existen de conducir un coche con seguridad? ¿Cuántas maneras correctas? Yo creo que muchas. Finalmente, existen las circunstancias del destino y de ésas nadie se salva.

Concluí con una petición: “Si yo confío en la manera como tú manejas, espero que tú confíes en la mía cuando tomo el volante. Tú me conoces, por algo estamos aquí, juntos, dirigiéndonos hacia un mismo destino. Créeme: vamos a llegar sanos y salvos a Ciudad del Carmen”.

Desconfianza.

¿Por qué desconfiamos? ¿Qué sería de los viajes carreteros si todos los pasajeros anduvieran interfiriendo al conductor? ¿O si los pasajeros de un avión le sugirieran al capitán cómo maniobrar el avión? Sin duda existen los accidentes, alguno de ellos provocados por errores humanos (errare humanum est) y otros por trágicas circunstancias (por ejemplo, un derrumbe), pero entonces: ¿viviremos a la expectativa de estos accidentes? ¿No será que así, ciertamente, los podemos provocar?

Estas reflexiones me vienen a la mente a la vista de este cuadro que originalmente se iba a llamar “Hotel garage”. Fue una visión que tuve en la ciudad: el taxista y la mujer, ambos con un vaso de café en la mano, platicando en confianza, la confianza que surge luego de haberse detenido en algún lugar a comprar ese café que sostenían en sus manos. La confianza que debería surgir tras conocerse. ¿Habrá sido la plática? Se me ocurrió que esa mujer salía de un hotel de paso y que el taxi la llevaba a su casa. Había un desenfado como si ya hubieran derribado sus prejuicios, como si se conocieran más allá de las poses, de las máscaras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al final ya no puse el letrero de neón de Hotel garage sobre un edificio que se debería haber levantado al fondo. Tampoco quise seguir cubriéndolo de pintura. Se quedó así, los dos en un taxi, en confianza, cómplices, regresando…

Pero sigue llamándose Hotel garage.

¿Por qué?

Sólo dios sabe

Mírame

Septiembre 2, 2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llamar la atención. Recuerdo que una vez asistí a una exposición de la industria camionera. Esta tuvo lugar en uno de los bastiones del católico conservadurismo mexicano, la ciudad de Guadalajara. Esta afirmación es una generalización, sin duda, pero sirve muy bien a la imagen. Cada una de las marcas registradas que se reunieron en el Centro de Convenciones buscaron llamar la atención de los visitantes. Es decir que, por default, todos los stands poseían edecanes de brevísimas ropas o protuberantes curvas (si el público asistente hubiera sido femenino en su gran mayoría, los stands hubieran exhibido galanes envueltos en brevísimas ropas o con protuberantes curvas, y el evento habría causado revuelo y escándalo en la comunidad). Pero bueno, las edecanes eran una atracción que se daba por descontado. Una marca de camiones poseía un estrado donde cada media hora un estruendoso estribillo anunciaba que iba a comenzar el baile y, efectivamente, una gran cantidad de asistentes acudía con sus cámaras en ristre para grabar y fotografiar a las mujeres que se contorneaban al ritmo de “mayonesa”. Una estrategia para llamar la atención que no pudo derrotar a otra mucho más eficiente, la de una marca registrada de aceites de cuyo stand surgía una larguísima cola de individuos: todos esperaban su turno para tomarse una foto y recibir un calendario autografiado por aquellas modelos que adornan los talleres mecánicos de todo el mundo. Un sueño hecho realidad.

Queda claro que la sensualidad y la ligereza atraen la atención y la mirada de muchísimas personas. Michel Maffesoli (En el crisol de las apariencias. Para una ética de la estética) explica que estas “banalidades” no hay que considerarlas una mera frivolidad. Al parecer expresan mucho más de lo que en realidad somos como conjunto de individuos, como sociedad: a final de cuentas celebramos la vida… o por lo menos eso pretendemos.El erotismo (al igual que lo religioso, las manifestaciones de la creatividad popular, etc…) es uno de los principales ejes integradores de la sociedad actual… ¿alguna vez lo dejó de ser? La figura humana llama la atención, detiene la mirada. Por otro lado, existen evidencias empíricas que indican lo siguiente: hay un abismo entre el poder de atracción que ejerce la pose que realiza una modelo en un estudio de pintura, y la postura o actitud que muestra una mujer en una sesión fotográfica como las que presentan revistas online como MET-ART o FEMJOY. (Esto sin mencionar el alto grado de consumo que muestran las revistas eróticas en los kioskos de las esquinas de gran parte del mundo).

Bueno, de estas revistas provienen varias señoritas de papi. No sé qué me anima a seleccionar unas imágenes y desdeñar otras (¿resquicios de pudor?). Tampoco sé qué proceso ocurre para que cada una de ellas adquiera una personalidad y actitud propia. Sospecho que terminan manifestando algo. Klee dijo: “el arte no produce lo visible: hace visible”.

Quizá sea todo esto no sea más que una sencilla y alborotada manera de homenajear un aspecto de lo mundano. Su forma tan rudimentaria de ser sensual. Esa atractiva actitud de “mírame”.

¿En qué radica su secreto?

Sólo Dios sabe